La palabra de un argentino de fina estampa cambió el periodismo |
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Tomás Eloy Martínez llegaba todas la mañanas a la redacción de El Diario de Caracas y, luego de leer todos los periódicos, convocaba a una reunión para coordinar la pauta noticiosa del día. Tenía los ojos bien puestos en todo lo que saldría publicado al día siguiente. Le decía a sus reporteros que el periodismo era inagotable, una actividad en la que debe ponerse el alma para combinar la investigación y la buena escritura.
Con aquella rutina se estructuraron las bases del Nuevo Periodismo en Venezuela.
Después, conforme avanzaba la jornada, iba recibiendo las notas que saldrían publicadas al día siguiente y corregía cada texto. Como sabía que no suelen caer muy bien las críticas de un reportero extranjero a otro en su propio país, Martínez comenzaba endulzando sus correcciones para luego decirles a los redactores lo que habían hecho mal o podían mejorar. Ninguno se sentía atacado por la palabra del escritor argentino, al que llamaban "piquito de oro".
Y ni decir de las mujeres de la redacción, que se morían por su estampa a lo Carlos Gardel finisecular. Una tarde, en El Diario de Caracas se hizo una votación para elegir quién era el sujeto más apetecible para llevar a la cama y Martínez ganó con una mayoría avasallante. Enterado de su triunfo sólo pudo responder sonrojándose.
Sin embargo, gustaba de las venezolanas y su segundo matrimonio fue con Susana Rotker, quien falleció por accidente años más tarde, arrollada por un auto en Estados Unidos, adonde se mudó la pareja gracias al apoyo económico de la Fundación Guggenheim. El autor nunca se recuperó de la pérdida.
"El tono de su voz perdurará en mi memoria. La huella que dejó en su alma y en sus ojos la muerte de su mujer. Él mismo empezó a morir en el instante atroz en que perdió a Susana. Pero el silencio no devoró su agonía. Por el contrario: el dolor potenció su expresión", escribió el filósofo y poeta Santiago Kovadloff en su columna del diario argentino La Nación, en la que recordó al escritor de San Miguel de Tucumán que murió el domingo.
Maestro de una generación. El galardonado por la Fundación José Ortega y Gassett por su trayectoria profesional el año pasado se exiló en Caracas durante la dictadura militar en Argentina (1976-1983). En el país, trabajó en El Nacional por dos años, en el suplemento Papel Literario, junto con Luis Alberto Crespo.
En el periódico fundado por Miguel Otero Silva se le recuerda como uno de sus más importantes periodistas literarios y como el responsable del diseño del suplemento que por décadas ha marcado la pauta cultural en Venezuela.
También fundó, junto con Rodolfo Terragano, El Diario de Caracas. Luego, en una etapa menos recordada de su vida, se desempeñó en el área audiovisual, en Radio Caracas Televisión. Permaneció en el canal mientras continuó su trabajo en El Nacional como colaborador hasta que se mudó a Estados Unidos en 1983, junto con Rotker.
El profesionalismo de Martínez le dio un nuevo impulso a las páginas de los medios impresos nacionales y quienes trabajaron con él en El Diario de Caracas lo recuerdan como un propulsor del Nuevo Periodismo en el país.
"En cada frase una información, en cada párrafo una reflexión’, solía decir", señala Elizabeth Fuentes, una de las primeras periodistas convocadas por el argentino para la redacción de El Diario.
"Una tarde me invitó a almorzar en la redacción de El Diario de Caracas y luego me confesó que era para demostrarme que sí había oficinas y que el ofrecimiento iba en serio. Yo había trabajado con él en la redacción de El Nacional, en la época en que eso era la tapa del frasco y estaba reacia a irme. Pero me ofreció el doble de sueldo y me contrató como su coordinadora de informaciones; nuestras oficinas estaban al lado", recuerda sobre el jefe del Consejo Directivo del tabloide, que funcionaba en Boleíta.
"Nos llamaban los becados", cuenta Luis Losada Soucre, quien fue director de las páginas culturales de El Diario. "Tomás nos había contratado en octubre para redactar un fulano número cero del periódico, que no salió sino hasta mayo. Tuvimos que aprender a jugar críquet para matar el aburrimiento y de vez en cuando Tomás nos pedía algún trabajo que se publicaría en el fulano número cero. Sólo dos de aquellos artículos quedaron para el primer número que salió unos días después de imprimir el tan esperado número cero".
La década de los años ochenta comenzaba y Luis Herrera Campins ocupaba la Presidencia de la República. Martínez intentaba hacer en Venezuela lo que la dictadura no le permitía hacer en su país: un periodismo combativo. Pero no siempre le era posible.
La profecía. A las 10:00 am del 5 de noviembre de 1979, una patrulla de la Disip, entonces el órgano de investigaciones criminalísticas en el país, detuvo a Martínez y a Fuentes y los retuvo durante más de cuatro horas para que rindieran declaraciones.
El motivo era una información que había publicado el tabloide en que trabajaban.
Un visionario brasileño que se hacía llamar Yuri de Nostradamus había predicho la debacle política de Venezuela y hasta la muerte de Herrera Campins.
Pasadas las 2:00 pm, los agentes liberaron a Fuentes, mientras que el interrogatorio con Martínez se extendió por cuatro horas más: "Querían saber si Tomás Eloy había inventado o tergiversado las declaraciones de ese supuesto profeta. ¡Qué bueno que el mismo Yuri me había obligado a grabar sus predicciones!", recuerda la periodista.
La anécdota quedó como un episodio jocoso, pero las risas eran apenas una manera de cubrir la realidad de la profesión del periodista: como trabaja con la anécdota ajena, con la cotidianidad y con la palabra, es siempre sensible a la intolerancia.
Martínez sabía que quien dice las cosas como son se le hace incómodo a los abusivos. Por eso, quienes le conocieron, especialmente la generación de reporteros que formó en Venezuela, le recuerdan como un hombre de palabra exacta.
Los periodistas, para honrar su profesión, pueden imitar la máxima que el escritor argentino repetía en Caracas y luego en los talleres de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano: que sólo la investigación otorga validez a la historia y que sólo el verbo cuidado seduce al lector. |
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