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Conocí a Milagros Socorro en uno de esos momentos en que una se siente desempleada por el destino. Fue pocos días después de mi regreso de España. Al parecer era pésima la compañía encargada de traer mis cosas porque no me llegó la ropa y parte de los libros. Lo que más deploraba era la pérdida de La pasajera, volumen original de Guy de Chantepléure, que había logrado rescatar en una Feria del Libro Antiguo en Madrid. Novelita romántica acaso no demasiado recomendable en cuanto a su eficacia literaria. Pero para mí significaba volver a mirar en el faro de una memoria lejana y muy personal. Para mayor pesar, el día anterior había habido un amago de golpe de Estado: el segundo de ese año.
De ese primer encuentro recuerdo que la juventud y el temple de Milagros parecía ignorar cualquier catástrofe histórica. Además de puntual, que en nuestro país es una virtud no sólo cronológica, era una muchacha esbelta y muy bien vestida. Joven periodista con elegancia de redactora de magazín neoyorkino que, discreta pero precisa, iba al grano semejando, también, ignorar con educación digna de encomio las vicisitudes de su entrevistada.
De paso, Milagros me dejó un libro como quien se deja un pañuelo que aprecia mucho. Quizá su primera obra de ficción. Al momento estaba muy atribulada para darme cuenta –acaso ella misma no lo sabía– que ese texto, probablemente editado en el Zulia de donde es oriunda, era uno los primeros que habrían de escribir y publicar venezolanos de su generación para conjurar, para hacer más clemente y llevadera la caminata por el desierto. Lo sabemos gracias a la milenaria experiencia judía. Sólo la fidelidad, la preservación, el futuro de la escritura guardada en arca sagrada, salva de la inmisericorde polvareda del desierto convertida en infortunio para un pueblo.
Sí, estaba muy atribulada para darme cuenta de que Milagros Socorro con su erguida presencia me estaba dando la dádiva, el fervor de esa nueva generación. Incluso no sé si llegué a leer el ejemplar donado, inmersa como estaba en lo que sólo creí era un propio, pequeño desierto.
Pero, no tardaría en comprobar que Milagros era una escritora nata. Una de las que necesitan, por veraz y fidedigna, no sólo confrontarse con su propia historia, sino, también, con la de un país. Su trabajo creador requiere no sólo guarecerse en libro, sino –también– necesita de las intemperies del periódico. En este sentido, en A mérica Latina, quizá la más legendaria escritora de su tiempo fue la renombrada poeta chilena Gabriela Mistral. A la muerte de Gómez, algunas de las fundadoras de la "Agrupación Cultura Femenina" llegaron a cartearse con la insigne cronista. Pero lo más importante, sucedido en terruño propio, fue el indómito manojo de mujeres que, por esas fechas, aparecieron escribiendo con dignidad y arrojo en periódicos y revistas. ¿Dónde, por ejemplo, aprendieron a escribir, entre otras, Trina Larralde, Elba Arráiz, Ana Luisa Llovera, Carmen Clemente Travieso o Pomponette Planchart que firmó como Juana de Ávila, y que para ese inaugural momento estaban en la flor de la edad? Tenían una escritura afable y rachas de apasionada audacia frente al oscuro orden instituido.
De seguro, leyeron novelas francesas y rusas. Es de suponer que durante la caída de la República española, al igual que para Liliann Hellman y Dorothy Park, su sollozo fue otra sangre.
Algunas llegaron a tener relaciones duraderas o idilios importantes con compañeros de lucha a quienes el deseo por mejores tiempos para el país les hervía desde la cabeza hasta el pantalón.
Imagino que para ellas no hubo mejor taller literario que un periódico volcado a la complejidad democrática de la calle. Pero donde prevaleciera el prístino esplendor de unas firmas de primera. Frente al ignominioso silencio de los años anteriores no cabía mayor esperanza que la cuartilla afianzada en un vocabulario diáfano. Es así que llegarán también a escribir buenas narraciones. Como ese brevísimo tomo de cuentos de Elba Arráiz, Seis mujeres en el balcón, firmado con el pseudónimo de Dinorah Ramos. Quizá, la mejor ficción femenina publicada en los años treinta.
¿A santo de que he traído a colación lo anterior? Acaso, porque Milagros Socorro, a mi modo de ver, es conspicua heredera de ésas, las que fueran nuestras aurorales escritoras de periódico.
Milagros, de igual manera, me recuerda a la, de seguro, intelectual autobiográfica que describe Doris Lessing en su famosa novela El cua derno dorado. Una mujer de fe, que ha tenido un primer éxito literario. Pero, vive asqueada en la mitad de los años cincuenta por las noticias que recibe acerca de la deformación despótica que han sufrido ciertas atrayentes ideologías de la izquierda. Me atrevo a pensar, sin embargo, que la primera gramática en Milagros Socorro es de literario orden. Bien en los periódicos, en cuentos de su autoría y en esta primera novela, El abrazo del tamarindo, con sello A lfaguara, que hoy complacidos presentamos, en ella hay una especial devoción por la calidad de página. Particularmente, en este libro, cada plana escrita por la autora está mimada con la detallada ternura de las madres de un solo hijo.
Por lo que Milagros en El abrazo del tamarindo no nos abruma con un exceso de capítulos, con una valija demasiado pesada para el tiempo desenfadado del lector. La autora, a la manera de los personajes que se inventa –bien sean Liduvina o la adolescente huérfana que encuentra ruidosa compañía– se entretiene con cierto humor prosopopéyico contando la trama. Pero, mayormente, se embelesa narrando los detalles como esas antiguas modistas que se deleitaban bordando hilos de belleza o acomodando adornos de luz dorada en los vestidos.
Es decir, que en esta breve pero densa novela –ya que el tiempo para cada página es esmerado– el dibujo y colorido de los naipes rivalizan con el afán del juego.
Mientras leía El abrazo del tamarindo, como en los viejos tiempos de "La gallinita ciega", me apetecía colocarme una venda en los ojos y decir: en cierta inclinación por la desmesura, por lo real maravilloso, este párrafo me recuerda tal o cual escritor latinoamericano. Igual que la evocación muy hermosa, poética, del soldado Santiago, muerto y con los ojales brotados de sangre en la enigmática noche de la infancia, de pronto, me traía un eco no olvidado de la fuerza expresiva de Federico García Lorca en La casa de Bernarda Alba. No se hace necesaria la venda del juego infantil para reconocer la manera jocunda, sorprendentemente audaz –sincera– que Milagros tiene para resolver más de una escena erótica. Es la muchacha que v iene del hondón de nuestra tierra para llevar a sus cometidos literarios usos, ritos y pasadizos del sexo con límites de la geografía que no lo serán para el cuerpo. Por lo que, en esos personajes de El abrazo del tamarindo, las peticiones de la carne son una madura pero arbitraria sabiduría. El trajín erótico, casi siempre de ma nera suave o ardua, viene a ser en ellos su primera noticia sobre el mundo. La única seguridad posible en medio del espejismo y la sospecha de la frontera.
En cada libro que sale a nuestro encuentro suele estar el recuerdo de muchos otros leídos antes.
Pero, la pluma cier ta de Milagros Socorro bulle por encima de lo que puede semejar cualquier leve analogía. Por ejemplo, cuando describe una encopetada piñata de la clase media provinciana o una fiestecita de Maritornes fronterizas, a la vez, con implacable ojo caricaturesco y delicadezas de escritora inglesa decimónica. Junto como a trozos de picaresca española en el devenir insólito de la pequeña escribiente de San Fidel de Apón al lado de esas tutoras de la buena o la mala vida, según los dados de la suerte se vayan aclarando u oscureciendo.
Eso nos lo tendría que decir Milagros Socorro en una próxima novela.
Por ahora, con El abrazo del tamarindo tenemos, de alguna manera, una narración feminista. No al modo inteligente, pero poco alegre, con que escribió Dinorah Ramos en torno al trunco destino íntimo de una combativa mujer de la generación del 28. Nada que ver con la compasión redentora de Lucila Palacios en el cuento, si no recuerdo mal, de título sobrecogedor, Se la vendo por 100 bolívares. O lo que en su novela, Tres palabras y una mujer, semejaría ser hiriente testimonio por la crudeza de lo contado. No son ya los tiempos de la denuncia al pie de la letra.
En El abrazo del tamarindo, Milagros Socorro se compadece de manera activa y renovadora en rededor de sus humilladas, burladas, explotadas muchachas de la frontera yéndose por las ramas –¿del tamarindo?– de una atrevida fábula, no tan despojada de la realidad. Y, donde sus criaturas, porque así lo quiere la imaginación de la escritora, encuentran alivio, futuro. Ese futuro que Milagros tiene como novelista.
ELISA LERNER / EL NACIONAL
FECHA: 27 - SEP - 2008.
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