En esta novela, la muerte bota la toalla, se cansa y decide dejar de trabajar, cosa que genera unos conflictos agudos, pero sobre todo sarcásticos y ácidamente cómicos.
Arrancando una vez más de una proposición contraria a la evidencia de los hechos corrientes, José Saramago desarrolla una narrativa de gran fecundidad literaria, social y filosófica que sitúa en el centro la perplejidad del hombre ante la impostergable finitud de la existencia. Parábola de la corta distancia que separa lo efímero y lo eterno, Las intermitencias de la muerte bien podría terminar tal como empieza: "Al día siguiente no murió nadie".