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Las peripecias inéditas de Teófilus Jones

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Fedosy Santaella (Puerto Cabello, 1970) es licenciado en Letras.
Ha publicado Cuentos de cabecera, Postales Sub Sole, Fauna de palabras, Historias que espantan el sueño, Rocasnegras y Piedras lunares. En 2006 obtuvo el Premio de la Bienal José Rafael Pocaterra y en 2007 la mención de honor en narrativa de la Bienal José Antonio Ramos Sucre. Las peripecias inéditas de Teófilus Jones es su más reciente título
 
Como la memoria es algo tan raro, cada vez que leo o escucho el nombre de Fedosy Santaella recuerdo dos textos. Uno fue el primer poema que mi papá me enseñó a mis escasos seis años y dice en unos de sus versos: "Me agrada un cementerio/ de muertos bien relleno,/ manando sangre y cieno/ que impida el respirar,/ y allí un sepulturero/ de tétrica mirada/ con mano despiadada/ los cráneos machacar".

 

A esa temprana edad aprendí que varios términos que entonces no conocía: el horror, el terror, lo fantástico y la literatura podían estar estrechamente vinculados. Como se imaginarán, uno de los pocos autores nacionales con los que puedo saciar mis ansias de muerte, sangre, maldad, violencia, fantasmas, zombies y demás entretenidos temas es Fedosy Santaella.

 

Las peripecias inéditas de Teófilus Jones es un libro complejo, en cuya anécdota se funden el humor con ecos lejanos de Kafka y Saramago. Posiblemente parte de la diversión se encuentre en la mezcla de varios géneros deliciosos: es una novela distópica, es también una novela policial, es una novela apocalíptica y, además, su protagonista es un gato. Lo único que faltaba para colmar mi felicidad es que apareciera un vampiro y creo que está allí y no demasiado escondido.

 

En esta novela tan des-generada se muestra una ciudad desordenadísima y sucia, en un futuro improbable en el que la planta insolente de los militares ha hollado el territorio patrio, se vive en medio de la escasez total de agua y electricidad, los procesos burocráticos han llegado a extremos ridículos, el desabastecimiento es terrible y el gobernante mayor padece de varios graves defectos: es teniente, además es un loquito iluminado que disfruta hablando durante horas, sus seguidores lo veneran de manera religiosa y está rodeado de imbéciles e incapaces y también de imbéciles incapaces.

 

Sin embargo, no vayan a pensar que Fedosy cometió el pecado de la alegoría, de la novela en fáciles claves, o que se pueden hacer equivalencias simples con lo que nos rodea. Lo que el autor hace, uniendo de manera particularmente lograda la gracia y la angustia, es el retrato de un país en el que el bochinche es tal que se instauran simultáneamente el caos y la represión, nada responde a las lógicas leyes naturales y no naturales, todo es una locura o un absurdo o ambos, los funcionarios están dedicados a volver la existencia lo más difícil posible, la gente no piensa sino repite lugares comunes, aparecen iluminatti, los ciudadanos no saben ya que hacer porque han llegado a ese punto dantesco de abandonar toda esperanza y se debaten entre tratar desordenadamente de hacer algo para salir de la situación que viven o tirarse al estricote e intentar sobrevivir al horror; pero al final sucumben al Schadenfreude, la alegría por la miseria ajena, convertida así en el entretenimiento fundamental de la población.

 

Lo curioso del caso es que uno va leyendo las peripecias de Teófilus y disfruta, se ríe, pero también, se los aviso desde ya, pueden hiperventilar, angustiarse y llorar un poquito de acuerdo a las sensibilidades de cada cual.

 

Porque en esta novela tan ficcional, tan llena de personajes increíbles hay algo más aterrador que el simple juego de la comparación entre realidad y ficción, y es cierto arquetípico, mitologémico componente que hace que el lector piense: esto muy divertido, muy ingenioso, muy cómico, pero aquí podríamos llegar y quizás aquí estamos.

 

Es esta vinculación compleja con la realidad la que hace que cada vez que oigo o leo el nombre de Fedosy Santaella salte a mi memoria, aparte del regusto de Espronceda por lo horrísono, un cuento brevísimo de Orlando Romano, llamado "Arte y vida" y que dice: "En un bar se me acercó uno de mis lectores. Comentó que un relato mío --el de seis bebés decapitados por su madre-- lo tenía preocupado; quería saber si se trataba de un hecho real. `Naturalmente’, le respondí. `Gracias al cielo’, suspiró aliviado.

 

Y agregó: Sería espantoso que la mente humana fuera capaz de inventar algo tan abominable".

 

Así mismo pasa con Teófilus Jones, Santaella fue capaz de inventar unos personajes espantosos haciendo cosas abominables en un país sumido en el horror, todo tan espantoso, abominable, horroroso, pero también tan cotidiano, tierno y risible como lo que nos rodea. Como bien sabemos, se sufre pero se goza.


VIOLETA ROJO/ EL NACIONAL
FECHA: 05 - DIC - 2009.