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En La ley de la ferocidad, Pablo Ramos muestra la decadencia argentina a través de la historia de un empresario menemista
Un libro de Juan Carlos Onetti y una máquina de escribir pueden salvar vidas. Pablo Ramos, ganador de los premios Casa de las Américas y Fondo Nacional de las Artes 2003, lo sabe. Cuando recibió la llamada del jurado, el argentino estaba en el hospital, a causa de su alcoholismo empedernido. Al colgar el teléfono, supo que quería cambiar la botella por el teclado.
Antes de eso, escribía sólo para sí. “Fue un amigo quien envió el manuscrito de Cuando lo peor haya pasado a los concursos de La Habana, sin que yo lo supiera, cuenta mientras devora un chocolate, en los jardines de la Universidad Central de Venezuela, donde presentó su novela. “En realidad ya había escrito —tiene un poemario fechado en 1997- pero no me consideraba un escritor”.
Han transcurrido cinco años desde entonces y Ramos ya no teme ponerse la etiqueta de autor.
Acaba de publicar su tercera obra, titulada La ley de la ferocidad (Alfaguara). El libro retorna al personaje de Gabriel, el protagonista de El origen de la tristeza, una novela que ha sido traducida a varios idiomas. En esa primera entrega, Gabriel es un niño pobre del barrio El Viaducto, quien es testigo de un país que está dejando de existir.
Los ochenta están comenzando y la infancia va quedando atrás entre damajuanas de vino, colectas para pagar por sexo, amistades probadas en el peligro y el miedo. Hay muerte y hay pérdida”, se lee en la solapa del volumen.
En La ley de la ferocidad, Gabriel creció y es un empresario menemista, cuya decadencia moral representa la caída de toda una nación. “La presidencia de Carlos Ménem es la época del uno a uno (un peso por un dólar), de cuando la guita era dulce... Los poderosos regaron el país de cocaína y dinero para adormecemos a todos. Lo hicieron y vendieron el país. Y yo fui uno más de esos adormecidos”, comenta Ramos.
Esta novela vendría a ser su despertar. La obra mantiene una estructura clásica: un hombre viaja al pasado para encontrarse con sus fantasmas personales, sociales, políticos y morales. Luego de la muerte de su padre, Gabriel regresa al barrio que lo vio nacer para asistir al funeral. Así comienza un mea culpa que es literario y personal a la vez. “Es un dolor grande haber sido uno más de la comparsa del menemismo”, reconoce Ramos fuera de las páginas de su libro.
El contexto político y social adereza esta novela “autorreferencial, como la define el autor. Uno de los temas presentes es la sanación a través de la escritura. El protagonista de La ley de la ferocidad exorciza sus demonios golpeando rítmicamente su máquina de escribir. No creo en esa idea posmodema de que la literatura no sirva para nada. Sí a mí los libros de Onetti me cambiaron la vida! No sé si una novela pueda sanar, pero inútil no es.
A Gabriel le sucede lo mismo mientras va escribiendo la historia de su familia, oriunda de Sicilia, Italia. “Es un ser absolutamente infernal que anda en busca de un cielo que habita dentro de él. El escritor, decía Sastre, dinamita su vida y con los escombros de su biografía construye los ladrillos de su literatura. Escribo con mis escombros, pero en esta novela nadie va a encontrar detalles de mi vida privada, sino un mapa de mi alma”.
CARMEN VICTORIA MÉNDEZ / TAL CUAL
FECHA: 10 - SEP - 2008
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