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"Después de tantos años
es ahora cuando aparecen mis lectores"

 


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Si el escritor José Balza no hubiera nacido en el Delta del Orinoco en 1939, hubiera sido dibujado tres años antes por Lee Falk para la historieta El Fantasma. Un superhéroe distinto a los otros porque sin poderes sobrenaturales vence al mal gracias a su intelecto y su reputación, Balza se hizo nombre desde muy joven por su meticulosa crítica al "criollismo y la politiquería literaria".

 

Como El Fantasma, el autor de la novela D (1976) está marcado por su amor a la naturaleza selvática, pero donde el parecido entre ambos es más evidente es en su aparente inmortalidad. No pasan los años sobre Balza, para quien el secreto de la juventud está en "haber nacido viejo", aunque se intuye que algo tiene que ver su champú, Pilexil.

 

Autor de una narrativa marcada por personajes de doble vida piensa en su defunción como en algo cotidiano: "Muero cada cierto tiempo, ya me ha sucedido y espero que vuelva a sucederme pronto", dice, muy en serio.

 

Aunque su personaje histórico favorito es Shakespeare, a este autor cuyo defecto declarado es "pensar todo, después" no le hubiera gustado nacer en ninguna otra época o país, pues siente que por fin encontró a sus lectores, 40 años después de iniciar su trayectoria profesional. Señala que a la literatura venezolana nada le hace falta para conseguir la vitalidad de la mexicana o argentina, aunque tal vez es necesario "que los autores emigren o que se hagan amigos de los jurados y de los editores internacionales".

 

En la última década, el autor que acaban de reeditar el sello internacional Alfaguara (Después Caracas, 2009) y el español Paréntesis (Percusión, 2009) ha dado sólo dos entrevistas. A continuación una de ellas:

 

En su ensayo sobre Guillermo Meneses dijo que "la buena literatura venezolana no excede de un pequeño volumen de mil páginas". ¿Sigue pensando así?

Lo dije a los 20 años de edad, han pasado 50. Nunca entendí cómo fue tomada en serio esa boutade, cómo el país le hizo caso a aquel chico. Tal vez para entonces no estaba tan equivocado: nos dominaba el criollismo y la politiquería literaria. Un escritor importaba por ser presidente, sin que nadie lo leyera. En mi libro imaginario de entonces cabían nuestros escasos genios estéticos. Nadie más.

 

También dijo una vez que la venezolana era una "literatura de la Atlántida"...

 

Con ello quería significar que se asomaba el iceberg criollista, pero que el gran tesoro intelectual permanecía oculto. En 1960 nadie sabía quién era Meneses o Antonio Ramos Sucre. Felizmente la situación cambió. La hicimos cambiar.

 

¿Puede reconocer talentos en la generación de autores contemporáneos? 

Hablar de contemporáneos no significa referirse a una década sino, por lo menos, a 50 años. Allí está, por ejemplo, la poesía de Guillermo Sucre, la de Ricardo García Morales o la de Gustavo Pereira; La carpa de Federico Vegas; las obras de Angel Gustavo Infante, de Humberto Mata; las novelas de Carlos Noguera o de Luis Britto García; La otra isla de Francisco Suniaga, Vagas desapariciones de Ana Teresa Torres; el trabajo de Rubi Guerra, de Rafael Arráiz o Antonio López Ortega, libros magníficos de Krina Ber y Silda Cordoliani; los ensayos de Miguel Ángel Campos, Inés Quintero, Tomás Straka, Francisco Javier Pérez o Carlos Sandoval. La poesía cruda de María Ramírez. Y la obra admirable de Octavio Armand, de Josu Landa, de Gustavo Guerrero. Y de tantos otros.

 

¿Qué autor, de cualquier época, recomendaría usted para entender a Venezuela?

Juan Antonio Navarrete: un genio de la escritura y de su negación. Borgiano y kafkiano en nuestro siglo XVIII, sexólogo, humorista, crítico de arte, retórico, periodista, un demonio mental. Él sólo contiene nuestro pasado y presente. Su Bando real, escrito hacia 1790 usurpando a Dios, pareciera describirnos tal como pugnamos hoy: unos contra otros. 


¿A qué tendencia pertenecen sus obras?

¿Tendencia? La literatura es más importante que la vida, porque no sólo la acoge en toda su inmensidad o la inventa, la dirige, sino, sobre todo, porque retiene a la vida, la mantiene contra el tiempo, por siglos. Tengo la impresión de que después de tantos años es ahora cuando aparecen mis lectores: porque quise reflejar la inteligencia profunda de los otros, la sexualidad sin límites, la pasión por la ciudad y nuestra dependencia crucial de la naturaleza salvaje.